La ciudad vivió la virulencia de la borrasca Christine, que llegó a toda velocidad desde el Atlántico, entrando en la Comunidad Valenciana y originando a su paso precipitaciones de lluvia, nieve y rachas de viento de más de 90 kilómetros por hora, y de 150 en otras latitudes de la provincia, provocando muchas actuaciones del cuerpo de bomberos como consecuencia de desprendimientos de cornisas y fachadas, caída de vallas y árboles, rotura de ramas, arbustos, cristales, desplazamientos de contenedores y el consiguiente cierre de parques y jardines como medida de prevención de accidentes.
La agresividad de Christine se dejó sentir en Elda, por lo que las personas de mayor edad recordaron el suceso que aconteció durante la noche del lunes 30 de noviembre y la madrugada del martes 1 de diciembre de 1959, comenzando el temporal con fuerte lluvia y después viento extremo que, según la prensa de la época, sobrepasó los 105 kilómetros por hora.
Gran susto
Los vecinos de la calle Padre Manjón se sobresaltaron al escuchar un fuerte estruendo producido por la caída de la pantalla del Cine Gloria de verano, ya que aquella pantalla, de grandes dimensiones y altura, se construyó con materiales consistentes encima de la pared colindante con la calle González Bueno (ahora, calle Manolita Candel Pérez), una calzada perpendicular a Padre Manjón, pero las rachas de viento huracanado acabaron por derribar la pantalla y parte del muro donde se había construido.
En su caída, la pantalla derribó una casa y parte de la contigua, donde en esos momentos habían personas durmiendo, aunque por fortuna no hubo ninguna víctima pero sí heridos que precisaron asistencia sanitaria y psicológica debido a la crisis de ansiedad por el fuerte impacto del momento.
Otros destrozos
En el exterior del colegio público Padre Manjón, que por entonces tenía unas columnas de ladrillo que soportaban pérgolas, las cuales descansaban sobre vigas de madera, el viento derribó alguna de ellas sin causar heridos , ya que no habían llegado los niños al centro escolar.
La icónica Plaza de Castelar sufrió daños importantes en sus jardines, al tiempo que se desplomaron pinos, ramas y se rompió una farola de la época. Además, la veleta que remataba la cúpula de la iglesia de la Inmaculada, indicando la dirección del viento, se dobló como si fuera hojalata, permaneciendo así un tiempo hasta su restauración para cumplir su cometido.
Hubo voladuras de tejados y techos de algunas fábricas y casas de campo, produciendo averías en el tendido eléctrico y telefónico, quedando la ciudad sin luz hasta que se subsanó, provisionalmente, el suministro eléctrico en parte de la ciudad gracias al trabajo de un destacamento del ejército enviado a Elda para auxiliar a la población mientras se alcanzaba la normalidad.